
En invierno huele a leña y a nieve, a sosiego, a trufa y a los vientos del norte que surcan el aire. Un frío que es cálido en la mesa, en las casas y en los establecimientos hosteleros. Cuando asoma el otoño, ya en septiembre, la ciudad se pinta de los colores de esta estación, rojos, ocres, amarillos y empiezan a respirar las primeras chimeneas. El otoño es también tiempo de setas, de salir al campo con la cesta de mimbre, de aprovechar los últimos días templados, de sol cálido.
La primavera es una explosión de colores y de olores. La montaña derrocha belleza, el aroma del romero y del tomillo, la aliaga y todas las hierbas y arbustos que florecen en estos meses. Y cuando el espliego huele ha llegado el verano, con su bullicio en las calles, la fiesta y la alegría.
Cuatro estaciones que marcan el paso del tiempo, periodos en los que la gastronomía ofrece diversas posibilidades y en los que la población morellana no deja de vibrar porque en esta ciudad no cesan las actividades, las citas culturales y, sobre todo, la hospitalidad y la convivencia, la vida en la calle.
Morella es diferente y es única
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